Cien metros para tomar una decisión.

9 de junio de 2005

Rosado, rosado maternal, pero de la nada aparece la luz. El doctor me pega dos palmadas. Me creyeron muerta.

El aire comienza a oxigenar mis heridas, me cuesta respirar.

Mi madre y mi padre me miran. Estoy aprendiendo a caminar. Pero me caigo al rato, mis padres me castigan por eso, me palmetean y me dejan sin postre.

Piso 31. Veo la ex-oficina de mi tío. Tengo las manos heladas.

Estoy en el colegio, la profesora me entrega un tres coma seis y me pongo a llorar, todos me dicen “porra”. Estoy segura que en mi casa me van a golpear.

El aire me dilata las pupilas.

Mi abuelita me lleva a la iglesia, mi madre nos persigue. A ella la empuja. A mi me dice que no crea en Dios. Así lo hice.

Una herida carnal ya cerrada, se abre poco a poco.

Tengo dieciséis años, estoy en una fiesta, el día de mi primer beso. A él… sí, lo quiero, al momento del beso. Después no. Mis padres supieron de mi salida. Estoy llegando a mi casa y mi madre está con el uslero esperándome. Me da treinta y cinco golpes en la espalda.

Cada vez veo más cerca el lugar de la infelicidad.

Me voy de la casa. Mi padre murió ayer. Estoy llegando donde mi tía Lucrecia, ella siempre me quiso y lo hará. Me da risa… sí… me gusta estar con ella. Me presenta a su sobrino. Ya tengo 19 años.

El aire atraviesa mi piel. Un pájaro me saluda a lo lejos.

Es tan lindo Andrés, el sobrino de mi tía Lucrecia. Ayer me regaló una flor. Hoy nos besamos. Ahora estoy con él viendo televisión. Mi tía está haciendo un queque de vainilla. Tocan la puerta y es mi tío Chito, me trae un hermoso regalo, un vestido de gala. Mi madre está enferma.

La ropa se me pega a la piel. Siento que me voy a desarmar.

El día de mi boda, mi vestido es blanco. Mi tía Lucrecia tiene mucha plata, su marido es abogado. Mi fiesta es espectacular. Me caso con Andrés. Amo a Andrés. Eso sí, matrimonio de papel, matrimonio en el civil. Mi madre murió de cáncer.

Siento que me duelen los ojos, se me oxigena el alma. Cada vez me cuesta más respirar. El día está bello, especial. Veo a mi mejor amiga en la plaza central. No hay ni un ángel. No creo en los ángeles.

Muy bello todo, mi luna de miel es de maravilla. Estados Unidos es espectacular, estoy en Disney, me río sola. Andrés está comprando los pasajes de vuelta, yo estoy en la casa del ratón Mickey. Sólo tengo 21 años, estoy embarazada.

Mi vientre está helado. Por primera vez en mi vida, el cabello no me molesta en la cara. Me faltan cincuenta metros.

Le estoy haciendo un escándalo a Andrés, lo pillé con otra mujer. Han pasado tres años de matrimonio. Él me golpea y me rompe la nariz. Lo perdono, sólo porque tenemos una hija. Lo estoy dejando de querer.

Ahora sí que tengo frío y eso que hace calor. Sí, se puede decir que tengo calor, o sea, otra cosa, como que comienzo a tener miedo, eso hace acalorarme y ponerme nerviosa. No se lo que siento. Realmente siento algo en el estómago.

Ya no lo quiero, lo detesto, si solo con mencionar que ayer me tiró el florero por la cabeza y que a nuestra hija, Matilde, le pegó con la escoba. También que ahora estoy encerrada en el cuarto de lavado, teniendo la enorme casa… él me tiene aquí. No veo a mi hija hace tres días más o menos. En la espalda tengo moretones y cicatrices, la huella de un cigarrillo en la ruta de mi tristeza, otra en mis besos. Lo odio. Me dijo que mi tía Lucrecia se fue a Londres, hace dos semanas, el muy descarado no dejó despedirme de ella. La echo de menos. Parece que estoy embarazada.

Se me calló un zapato y tengo el calcetín a medio poner. No paro de jadear.
Sí, lo odio, me dejó embarazada, la vez que me obligó. Estoy triste. Ayer se lo dije, eso, de otro hijo. Será varón. No. Lo espero, pero a la vez, no lo quiero. Será algo que me impedirá separarme de Andrés.

Ahora tengo la panty mal puesta. Los ojos blancos. Los labios rojos. Siento que me falta cabello.

Estoy pujando, parto normal. Él está al lado mío. Me apreta la mano, como que si fuera él, el que está pariendo. Me fracturó un dedo. Nació Vicente. A mi hijo lo amo. De Andrés, me quiero separar.

Gente me mira. ¿Me conoce? No tengo idea. No escucho nada, el aire me dejó sorda.

Matilde murió, extrañamente. Andrés no sabe el porqué. Lo odio, lo odio, lo odio. Me quitó a mi hija. La llevó al parque y de ahí, Matilde llegó muerta a la clínica. Lo odio.

Ya me quedan veinticinco metros. Me arrepiento. ¿Qué hay más allá?

Me voy de la casa, igual como lo hice hace diez años. Lo quiero, pero lo odio. No sé nada. Tengo 29 años. Una vida por delante.

Me sobra aire. Mis pulmones están llenos. No puedo respirar. Me cuesta.

Andrés me fue a buscar, se arrodilló ante mí y ante Vicentito, que ya tiene ocho años. Nos besamos, nos reconciliamos. Me hizo feliz nuevamente. La tía Lucrecia murió.

Estoy arrepentida. Aún lo amo. Los amo.

Pasó un mes. Ahora me está golpeando, me duele, me duele el alma. Aún lo amo. No puede ser. Soy una sometida. Vicente tiene cáncer. Andrés me juró amor eterno. Me obligó a creer en Dios. No lo hice. Me golpeó.

Veo una luz hermosa. Divina. Tengo frío.

Abrazo a mi hijo. Lo abrazo. A él… Andrés… nada. Vicente te quiero. Hijo mío. Tomo un taxi hacia la cuidad. No lo quiero, a Andrés.

Quedan diez metros. Sólo diez metros.

Mi mejor amiga. La besé en la plaza. Me avisa que mañana hay reunión de la empresa, no quiero ir. Me despido. Nos despedimos.

Dolor. Mucho dolor. Dios.

Voy al edificio más alto de la cuidad, de cien metros de altura. Entro sigilosamente. Subo las escaleras, entro a la ex-oficina de mi tío, me fumo un cigarrillo.

Hijito mío, tenías madre y padre. Ahora no tienes madre. Sí, no tienes madre. Me duele el cuerpo.

Subo y subo, me duelen las piernas de tanto subir. De pronto me acuerdo de Andrés. No lo tomo en cuenta. Me acordé de mi tía Lucrecia y de sus ganas de vivir.

Me queda un metro. Dolor. Dios Mío.

Estoy en la terraza del edificio. Miro la tierra como que si estuviera en otro planeta. Me paro de frente hacia la cuidad. Caigo hacia delante. El aire comienza a oxigenar mis heridas, me cuesta respirar.

Caí a tierra, estoy muerta. Me desangro. Me hubiese gustado creer en Dios. Así no estaría vagando como un alma por el mundo. Estaría en el paraíso.